10 de febrero de 1981
Cuatro años de edad.
Hasta esta hora (11:30 a. m.) puedo darme cuenta de que esta mañana me porté muy mal contigo… ¿pero sabes por qué hasta ahora me estoy dando cuenta? Entramos Alejandrito y yo a hablar por teléfono; entonces, la señorita que toma datos y trabaja las llamadas telefónicas lo saludó; entonces él se escondió detrás de mí muy apenadito; había tanto candor en su expresión, y —tal vez olvidando de momento la emoción o pena— comenzó a asomarse —jalando unos cartones que separan la caseta del teléfono con una pequeña tienda de juguetes (donde tú compraste hace tiempo un patito para tu hermanita)— para ver si aún hay juguetes; volteó para mirar si era observado, y nuevamente se apenó y se apartó de ese lugar para esconderse detrás de mí.
En ese preciso momento pensé en ti, hijito nuestro, y estoy casi segura que ya no existirá más en ti una acción tan santa, inocente y hermosa como la [...]
Inconcluso en el original.



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